“He venido a encontrarme viajando hacia mi destino
dentro del vientre de una paradoja”
Thomas Merton
“El Señor hizo que un gran pez se tragara a Jonás,
y este permaneció en el vientre del pez
tres días y tres noches”
(Jonás 2,1)
JUEVES
“¿Qué haces aquí dormido?” (Jonás 1,6)
Es
jueves,
cualquiera,
sólo
triste resaca de miércoles
sin
fecha
uno
igual a todos.
Es
la hora de todas las horas
porque
es la misma de siempre,
ni
la de ayer ni la de mañana
sólo
la misma
aunque
ahora muere lo que no moría.
Jueves
sin fe en la esperanza
y
con olor a humedad pegajosa y rancia.
Colección
de jueves
que
hacen meses tributarios de la nada
con
dolor de espalda
y
una acidez compañera
que
me perfora el estómago
atravesándome
la vida,
buscando
en el álbum de mis historias
alguna
foto de la que aferrarme
para
no llevar el corazón a la panza
y
que se agríe de una vez
entregándome
a la putrefacción
de
la supervivencia
solicitando
permiso
para
que se abra por fin la ventana
o
avanzar un casillero
sin
dejar rastros de mis yo avergonzados,
calumniados,
mirados, nihilizados,
pagados
por los servicios inmortalizados
en
la arena con vendaval desparramado, esfumado.
Este
jueves, que es todos los jueves,
y
casi todos los lunes
y
algunas madrugadas de cualquier día
vuelvo
a buscarme de haber desesperado
en
el intento fallido por la alegría y la alegría.
Vuelvo
a buscarme porque volví a perderme
como
a veces,
como
muchas veces que ya parece siempre.
Cobarde
flor que no florece
por
miedo al aroma del amor,
seductoras
pastillas arcoíris
ilusiones
que se abren como puertas
a
la habitación del más acá
y
sólo permiten comer sin cubiertos
en
el plato deshidratado de todos los manjares
que
nunca podré.
Ahora
sale el sol,
amargo
y deslucido
para
recordarme insultante
que
el desbarranco sigue sin parar,
lento,
colosal, estrepitoso.
Para
qué sale sino
para
mostrarme vanidoso
que
esta tristeza no tiene fin.
Sumido
en la nada que nada espera
porque
nada sucede,
todo
a diario es diario
océano estancado
que
me deja libremente
nadar
a ninguna orilla.
Apenas
despierta el día
ya
avisa que será sólo el paso
a
la interminable noche,
paso
a otro paso
para
no llegar.
No
logro hacer nuevas todas las cosas
ni
alguna que otra.
Por
eso,
ya
al borde de mí mismo,
en
la rotonda del desierto sin camino
sé
que sólo tendré mañana
si
me hago entrega.
Hoy
haré mi última cena,
entregaré
mis ojos
con
todo lo mirado,
mis
manos
con
todo lo asido
y
acariciado
y
golpeado,
mi
boca con sus gritos,
mis
pies con su barro
y
lo pondré en tu mesa,
la
del sacrificio,
para
que lo tomes con tus manos
y
me guardes en tus ojos
y
me pronuncies con tus labios
y
así abrirme a la cruz
en
la marea de la existencia,
cuerpo
a cuerpo
con
tu cuerpo,
gota
a gota
en
tu dolor
y
morir al hastío
entonces
ya
vacío
dejarme
abrazar por tu amor.
Desde
el Gólgota
y
la soledad
sólo
tu amor es la promesa
que
enciende la primavera
y
al susurro de
“todo
se ha cumplido”
ahora
sé en mis entrañas
que
se cumplirá.
“Jonás
partió para huir” (Jonás 1,3)
Capa
a capa
lento
despojo de mis no yo
granito
a grano
erosionado
por el viento imparable,
portentoso,
voy
quedando solo con mi adentro.
Ahora
sí
ven
en mi auxilio
date
prisa en socorrerme
que
mi enemigo acecha.
Porque
no me animé al deseo
porque
no me abrí al encanto
porque
cierro los ojos a lo que veo
porque
me enredo torpe en el espanto.
Porque
el viaje de vuelta es sin aleteo
porque
la alegría es futuro del desencanto
porque
el fuego oscurece en su ajetreo
porque
el silencio ahora es mi hermano.
Ya
no puedo huir de la esperanza
ni
descreer de lo que creo.
“Pagó su
pasaje y se embarcó para irse” (Jonás 1,3)
Impotente
desnudo
como
lo abierto y descarnado
sentado
en plena calle.
Todos
miran
obsequio
de distracción
para
que hablen habladurías
y llenen sus días
miren mis vidas
y sentencien
moralinas.
Yo
despojado,
liviano,
humillado,
sé
que la otra orilla llegará.
Bajo
el cielo que me cubre
tal
como soy
sin
disfraces ni taparrabos
quiero
volver a caminar de tu mano
a
la hora de la brisa de la tarde
en
el dulce y profético silencio
de
lo que no es necesario decir
porque
ya fue dicho y hecho
para
que siempre sea lo que es,
sólo
amor.
“Que tu dios
se acuerde de nosotros
para que no
perezcamos” (Jonás 1,6)
En
los pliegues del estómago del gran pez
vi
palabras
y
comas
y
puntos aperte
y
un punto final,
recorriendo
al ritmo
del
oleaje manso
pude
descifrar:
“Atónito,
el
mundo sin fe
se
muere de miedo
mira
y no ve,
oye
y no escucha ni entiende,
denuncia
locura donde hay verdad
y
persigue profetas
que
sacan luz de la oscuridad.
Por
eso ilumina las noches
y
las llena de ruidos
para
ensordecer el silencio
o
para no escuchar.
Se
siente perecer
y
sordo para dialogar
se
burla del desierto
llenándolo
de Sodomas y Gomorras
fabricando
ganancias de la carne triturada
de
tantos hermanos desolados
que
conversan en las sombras
con
la Voz dulce
del
que el mundo se niega a abrazar.
Así
muere de soledad
a
las puertas del Reino que lo ama,
el
que lo salvó y lo esperará.
No,
profeta,
el
mundo no escucha ni ve
lo
que ves y escuchás,
pero
no desfallezcas en tus gritos
porque
tu voz no es sólo tu voz,
sino
el eco de la Voz
que
te levanta y arde por dentro,
te
quema las entrañas
y
el corazón cicatrizado
del
dolor desorientado,
y
lo único que te calma
esa
fiebre de amor
es
ser testigo del jardín perdido y encontrado,
lleno
de flores, ríos y manos.
No
desfallezcas en tus gritos
que
tu voz no es sólo tu voz,
es
el eco infinito de la primera palabra,
Palabra
de vida que dio origen al origen,
nombró
a la existencia,
se
encarnó en el alma de todos,
le
puso sonido al abandono,
grito
al amor,
gemido
al dolor
y
silencio a la muerte
para
florecer desde sus viseras
la
desatada libertad.
Sí,
profeta,
no
dejes de gritar
esta
palabra sorda a los oídos del mundo
porque
tu grito es tu vida
y
tu vida esperanza para aquellos que caerán
porque,
al fin y al cabo,
tu
pueblo, de corazón endurecido,
tiene
cerrados sus ojos
y
tapados sus oídos
pero
se desvive por asir
un
granito de tu sonido
que
lo llene de sentido
y
muere por resucitar.”
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